No hay aspecto de vos, de tu personalidad, o tu vida, que no puedas cantar.
Digo, cambiar.
FALLIDO, no existís (Acto)
Hay personas que hacen de la inmovilidad una identidad.
No cambian, no revisan, no actualizan, no dudan.
Y lo más interesante es que no sienten que estén estancadas.
Para muchos, la rutina fija no es un síntoma sino un modelo de vida: casa, trabajo, repetición, opiniones consolidadas, las mismas frases desde hace veinte años, la misma lectura del mundo, el mismo enemigo, la misma víctima.
Eso también es una elección.
El problema no es la estabilidad; el problema es cuando la estabilidad se convierte en defensa contra el crecimiento.
El estancamiento no siempre es visible.
A veces se disfraza de “yo soy así”, “siempre fui así”, “la gente no cambia”, “para qué mover lo que funciona”.
Pero si algo funciona solo porque evita el conflicto interno, no es estabilidad: es evitación.
Hay quienes viven sin cambiar y lo llaman coherencia; hay quienes no se cuestionan y lo llaman firmeza; hay quienes repiten patrones y lo llaman destino.
Y después están los que sienten que el cambio no es una estrategia sino una naturaleza.
El nómada interno no soporta la petrificación, no soporta quedarse idéntico a sí mismo, necesita revisar, desmontar, reconstruir, matar versiones viejas y habitar otras.
Eso tiene un costo: inestabilidad, dudas, rupturas, reinicios.
Pero también tiene una recompensa: expansión.
La vida fija puede dar seguridad; la vida móvil da amplitud. Ninguna es moralmente superior; son configuraciones psicológicas distintas.
El que se queda puede llamar inmaduro al que cambia; el que cambia puede llamar dormido al que se queda. Ambos pueden estar proyectando.
La pregunta no es quién tiene razón sino si uno está vivo dentro de su forma de vivir.
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Porque también existe el estancamiento invisible: personas que parecen activas, productivas, exitosas, pero repiten siempre el mismo conflicto emocional; cambia el escenario, no cambia el patrón.
Y ahí volvemos al acto fallido.
El acto fallido no es ser fallido; es la grieta por donde se filtra lo que no fue integrado.
El que no cambia suele negar la grieta; el que cambia compulsivamente puede estar huyendo de mirarla.
Cambiar no es escapar; quedarse no es madurar.
La diferencia está en si hay conciencia.
Evolucionar no es moverse mucho; es integrar lo que uno ve. Y a veces el verdadero estancamiento no es quedarse en un lugar sino quedarse en una narrativa.
CAMBIA EL CUERPO
Durante mucho tiempo creí que el cuerpo era una especie de destino biológico cerrado. El que te tocaba. Punto. Como si los atléticos hubieran nacido con una estructura secreta y los demás estuviéramos condenados a mirar desde afuera.
Pensaba que los musculosos “eran así”, que los deportistas traían incorporada una genética privilegiada y que lo mío era simplemente otro modelo.
Ese pensamiento es cómodo, pero es falso a medias. Sí, hay genética. Sí, hay predisposiciones.
Pero el cuerpo visible es, en gran medida, resultado de conducta sostenida.
Un físico trabajado no es un milagro: es repetición.
Es carga progresiva.
Es disciplina aburrida.
Es constancia cuando no hay ganas.
Es alimentación consistente cuando nadie mira. Es sueño. Es años. El músculo no aparece por deseo; aparece por estímulo y recuperación.
La resistencia no se hereda como un apellido; se construye.
Ahí entendí algo incómodo: si el cuerpo es moldeable, entonces también soy responsable de su estado.
Y la responsabilidad duele más que la fatalidad.
Es más fácil decir “soy así” que aceptar “hago esto todos los días”.
DEJÉ DE FUMAR (y no voy a extrañar nada)
El cambio corporal no es solo estético.
Es metabólico, hormonal, cardiovascular, neurológico.
Entrenar modifica la sensibilidad a la insulina, la presión arterial, la densidad ósea, el perfil lipídico, la inflamación sistémica.
La masa muscular no es decoración: es órgano metabólico.
El tejido adiposo tampoco es neutro: en exceso sostenido, se asocia con mayor riesgo de diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular, apnea del sueño, ciertos cánceres y deterioro funcional. Eso no es moral. Es fisiología.
Vivimos en una época donde la conversación estética se volvió delicada —y con razón— porque durante décadas el discurso fue cruel y humillante.
Nadie debería ser reducido a su peso. Hay personas con sobrepeso que se ven radiantes, carismáticas, magnéticas.
El maquillaje, la ropa, la actitud pueden construir una imagen potente. Pero la imagen no reemplaza los marcadores internos. Salud y estética no siempre coinciden.
El problema no es “estar gordo” como insulto.
El problema es ignorar el impacto fisiológico sostenido cuando existe.
También es un problema convertir el peso en identidad fija: “yo soy así”.
El cuerpo cambia si cambian los hábitos. No en dos semanas. No con una dieta impulsiva. Cambia cuando cambia la estructura de vida.
Y esto es lo más desafiante: el cuerpo no negocia narrativas. Responde a estímulos. Si se le exige, se adapta. Si se lo descuida, también se adapta —pero hacia el deterioro.
Cambia el cuerpo. No porque sea superficial. Sino porque es plástico. Y esa plasticidad es responsabilidad y oportunidad al mismo tiempo.
El destino biológico existe. La conducta sostenida también. Y entre ambas se juega la evolución.
¿Por qué no cambiás? ¿Tenés miedo?
Hay otras cosas que la gente suele creer que no cambian.
El miedo, por ejemplo.
“Yo soy así, le tengo miedo al ascensor.”
Y entonces se organiza toda una vida alrededor de evitarlo. Escalera siempre. Planificación siempre. Justificación siempre.
El miedo deja de ser una reacción puntual y pasa a ser identidad. Pero el miedo también es aprendizaje.
Y lo que se aprende se puede desaprender o, al menos, modular.
El cerebro no es una piedra; es plástico.
Las fobias no son destino biológico irrevocable, son asociaciones reforzadas en el tiempo. Si no se exponen, se consolidan. Si se trabajan, se reducen.
Otra cosa que la gente cree inmutable es el carácter. “Yo tengo mal genio.” “Yo soy frío.” “Yo soy celoso.”
Como si el temperamento fuera un decreto eterno.
El temperamento existe, sí, pero la regulación emocional se entrena. La impulsividad puede disminuir. La tolerancia a la frustración puede ampliarse. No es magia, es práctica sostenida.
También está el discurso sobre los perfiles de personalidad. El narcisismo, por ejemplo, se define como un patrón persistente de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía.
En psicología clínica, el trastorno narcisista de la personalidad es considerado un patrón estable en el tiempo.
Estable no significa imposible de modificar; significa rígido y difícil de cambiar porque la propia estructura defensiva impide reconocer el problema.
La persona no sufre por su narcisismo; suelen sufrir los otros. Y cuando no hay conciencia del daño ni motivación interna para revisarse, el cambio es improbable.
Pero improbable no es igual a imposible.
La personalidad es un conjunto de patrones repetidos. Y los patrones se refuerzan o se debilitan según el uso. El problema es que muchos patrones están al servicio de proteger una fragilidad que la persona no quiere mirar. Entonces se vuelven rígidos.
La rigidez es la ilusión de estabilidad.
La creencia más fuerte que no cambia es esta: “Así soy.” Esa frase congela cualquier evolución. Es la tumba del proceso.
El estancamiento no siempre es pereza. A veces es miedo. A veces es defensa. A veces es comodidad. A veces es falta de herramientas. Y a veces es una decisión consciente: no quiero mover esto.
Pero todo lo que es patrón es, en teoría, modificable.
Lo que no cambia es lo que no se cuestiona. Y lo que no se cuestiona se vuelve identidad.
Ahí es donde el acto fallido vuelve a aparecer: no como condena, sino como grieta que muestra que la estructura no es tan sólida como parece.
El que usa siempre la escalera puede vivir toda su vida sin ascensor.
El que nunca revisa su carácter puede vivir toda su vida repitiendo conflictos.
El que se define por un rasgo puede defenderlo como si fuera su esencia.
Y sin embargo, nada de eso es esencia.
Son configuraciones sostenidas.
Cambiar no es negar quién uno es. Es aceptar que quién uno es no está terminado.
LO QUE NO CAMBIA
Todo cambia. El cuerpo, las ideas, el deseo, la ciudad, la energía. Cambia la piel, cambia el trabajo, cambia la narrativa. Cambia incluso la versión que uno tiene de sí mismo.
Pero hay algo que no cambia: la estructura desde la cual uno interpreta el mundo si no la revisa.
Lo que no cambia es el patrón no observado.
Cambian los escenarios, no cambia la dinámica. Cambia la pareja, no cambia el conflicto. Cambia el proyecto, no cambia la autoexigencia. Cambia la ciudad, no cambia la sensación interna.
El movimiento externo puede ser intenso y, sin embargo, el núcleo permanece intacto.
Lo que tampoco cambia por sí solo es la tendencia natural al desorden.
En física se llama entropía: los sistemas cerrados tienden al deterioro, a la dispersión, a la pérdida de energía organizada.
El universo no se ordena espontáneamente; se desordena.
Para crear estructura hace falta energía.
Para sostener forma hace falta trabajo.
En la vida pasa lo mismo.
El cuerpo, si no se entrena, pierde masa muscular.
La mente, si no se estimula, se rigidiza.
Las relaciones, si no se cuidan, se enfrían.
La disciplina, si no se practica, se diluye.
La entropía psicológica existe: es la tendencia a volver al piloto automático.
Lo que no cambia es esa ley básica: sin intervención, el sistema vuelve a su estado más cómodo, no al más elevado.
Por eso el estancamiento es tan frecuente. No porque la gente sea incapaz, sino porque sostener orden interno exige energía consciente
La evolución no es el estado natural; es una construcción. La mejora no es espontánea; es intencional.
O incluso más precisamente:
La evolución biológica es natural.
La evolución consciente es intencional.
Sin intención, hay cambio.
Con intención, puede haber dirección.
Y ahí está el punto del artículo: cambiar ocurre igual. Evolucionarte requiere intervención.
Tampoco cambia fácilmente el temperamento. Hay disposiciones biológicas, hay historia, hay marcas. Eso no desaparece. Se regula. Se encuadra. Se trabaja. Pero no se borra.
Lo que no cambia es la necesidad humana de pertenecer, de ser visto, de tener sentido. Puede cambiar la forma en que se busca, pero la necesidad persiste.
Y lo más incómodo: lo que no cambia es la responsabilidad frente a la entropía. Si no hace nada, algo igual va a pasar. El tiempo igual va a actuar. El cuerpo igual va a transformarse. La mente igual va a consolidar hábitos. La pregunta no es si habrá cambio; la pregunta es si el cambio será dirigido o automático.
Todo cambia.
Pero si usted no interviene, cambia hacia el desorden.
La entropía no descansa.
La conciencia tampoco debería.
