EL LOCO PORQUE GRITA Y HABLA SOLO (¿Es?)

Lean esto también, doctores:


Diciembre de 2022 cayó sobre Buenos Aires como una sábana mojada: pesada, pegajosa, inevitable.

El calor no era solo del clima; era un calor moral, un hervor de permiso colectivo. Una ciudad entera parecía haber firmado un contrato sin leerlo: esta noche vale todo, porque ganamos.

Las calles se llenaron antes de que la tarde terminara.

No lo sabe, porque estaba encerrado…

– ESTOY VERDE, NO ME DEJAN SALIR.

Estaba encerrado, entre rejas, en el centro, (con lo que le gusta volar, el aire; se pensaron que volaría hacia el asfalto)

(a coro:) VÉR, TI GÓ!

en cualquier esquina donde cupiera un cuerpo y una bandera, brotaba la misma escena:

pibes trepados a faroles como si fueran ramas de un árbol que da gloria; tipos con el torso desnudo y la cara pintada; familias enteras con la abuela incluida; vendedores de cerveza como si fuera agua bendita; y ese rugido de fondo, esa marea de cantitos que ya no eran canciones sino una manera de existir.

En un departamento a pocas cuadras, el loco estaba sentado frente a una ventana cerrada, con la persiana a medio bajar.

Miraba sin mirar.

Los ojos, abiertos, parecían no terminar de enfocar el mundo. El ruido, amortiguado por el vidrio, llegaba como una ola lejana. No era silencio: era distancia.

Sobre la mesa había un vaso con agua que nadie tocaba. Un blíster medio vacío, como un animal muerto. Un control remoto. Una lista de cosas que podrían haber sido vida y se habían quedado en intención.

El loco se había prometido emocionarse.

Lo había dicho en voz alta días antes, como quien promete dejar de fumar el lunes.

—Cuando pase, cuando ganen, voy a llorar —se dijo.
—Me voy a permitir llorar.

Pero el cuerpo no obedecía las promesas.

El cuerpo obedecía la química.

Las pastillas le habían limado las aristas a todo.

Le habían bajado el volumen a la desesperación —sí—, pero también a la alegría.

Lo habían dejado en esa zona media donde no pasa nada grave, pero tampoco pasa nada verdadero.

Una calma sin paz. Un orden sin sentido.

mazza.com.ar

Afuera, la ciudad estaba fuera de sí.

Adentro, él estaba fuera de alcance.

– Papi, te dejaron fuera de alcance.
– Sí, son unos inútiles; matasanos.
– (Ja, ja.) Se ríen, [para no llorar]

En algún momento, se escuchó un estallido más fuerte que los otros. Un coro. Un alarido. Una frase repetida mil veces con la fe de los recién convertidos.

Lo Drogaron, M.A.L. // 🏥


POST-INTERNACIÓN del Hijo: “TU PAPÁ ESTÁ LOCO”


Él

(el supuesto loco, empastillado; duro como ningún papel lo volvió a dejar en su vida)

sintió el impulso de levantarse.

Lo hizo.

Caminó hasta la puerta como si fuese a salir.

Puso la mano en el picaporte.

Y ahí, justo ahí, la mente le soltó una frase seca, clarísima, sin anestesia:

Me drogaron mal.

mazza.com.ar

La frase se le quedó en la garganta y le ardió como un trago fuerte.

¿Cuán grave sería un mal diagnóstico psiquiátrico? Sobran:

Antecedente: NATALIA KOHEN

Me drogaron por drogón, peor. Me drogaron mejor de lo que yo me drogaba.

1 año de empastillado.

PARA QUÉ DROGARSE

Se rió. Una risa corta, sin alegría. La risa de alguien que descubre una ironía demasiado perfecta para ser casual.

Entonces escuchó una voz en el pasillo. La vecina, con su tono de pasillo que es siempre un poco tribunal.

—¡¿Escuchás?! ¡Están todos enloquecidos!

Enloquecidos.

La palabra volvió como un boomerang.

A él se la decían desde hacía meses, quizás años.

Enloquecido.

Loco.

Descompensado.

Peligroso.

Incapaz.

Los mismos que afuera se subían a faroles.

Los mismos que rompían autos “por la emoción”.

🇦🇷❤️‍🔥

Los mismos que lloraban en cámara y, al otro día, volvían a la oficina como si nada.

Él abrió la puerta. El pasillo olía a comida recalentada y a ansiedad ajena. La vecina lo miró, y en su cara estaba esa mezcla típica de lástima y prevención.

—¿Vas a salir? —preguntó, como si “salir” fuera una actividad riesgosa para gente como él.
—No sé —dijo él.
—Mirá que está pesado, eh. Está lleno de… —no terminó la frase. No dijo “negros”, no dijo “pibes”, no dijo “locos”. Lo dejó en puntos suspensivos.

La gente educada hace eso: deja que el otro complete el prejuicio.

Él la miró un segundo, y sintió que adentro suyo algo se movía. No era emoción. Era rabia vieja, una rabia guardada en el fondo como una botella olvidada.

—¿Lleno de qué? —preguntó.
La vecina hizo una mueca.
—Lleno de todo. Esto es un quilombo. Vos… cuidate.

Vos. Esa palabra condescendiente. Ese “vos” que en realidad significa “vos, que sos frágil; vos, que no estás bien; vos, que no deberías”.

Él sonrió sin mostrar dientes.

—Tranquila —dijo—. Yo soy el loco.

Cerró la puerta y volvió adentro. La música de la calle se filtró como un fantasma.

Esa noche no salió. No por miedo. Por otra cosa: por una especie de duelo silencioso. Duelo por lo que le habían robado. Por la posibilidad de sentir, de explotar, de llorar con el país. Duelo por el derecho simple de estar humano.

Un flash de memoria lo cortó en seco.

El consultorio.

La luz blanca.

El aire con olor a desinfectante barato.

La silla dura.

El doctor.

El doctor con su tono de “yo sé” y “vos no”.


ESTRÉS – POST – TRAUMÁTICO (de amor)

—Marcelo, estás desregulado —le había dicho.
Desregulado. Otra palabra de manual. Como si su vida fuera una máquina y el problema fuese un tornillo flojo.

“SOLTALA; SUPERALA”

—Yo me siento triste —había dicho él.
—No es tristeza. Es un cuadro afectivo con síntomas… —y el doctor enumeró como quien recita una lista de supermercado.

Marcelo había intentado explicar. Las cosas reales: el agotamiento, la sensación de vivir una vida que no quería, la humillación de ciertos vínculos, la presión, la cama que lo tragaba, el humo, el ruido mental.

El doctor lo interrumpía con frases hechas, con esa seguridad entrenada.

—Esto es una enfermedad.
—No sos vos, es tu química.
—Vos tenés que aceptar el tratamiento.
—La medicación es un puente, Marcelo. Un puente.

PORRO & BIPOLARIDAD ⚠️ (Cannabis Vs. Trastorno)

Un puente hacia dónde, pensó él.

¿Hacia el lugar donde no siento nada?

En la sala de espera había otras personas. Una mujer mayor que lloraba sin sonido. Un pibe con la pierna moviéndose como un pistón. Un tipo con traje que miraba el celular como si lo estuvieran filmando. Todos esperando su turno para ser traducidos en diagnóstico.

Marcelo había visto un cartel en la pared: “La salud mental también importa”. Debajo, otra frase más pequeña: “Consultas con turno”. La compasión, acá, también se agenda.

DOCTOR

—Te voy a indicar un esquema —dijo—. Y vamos a hacer una internación breve para estabilizarte.

—¿Internación? —Marcelo se rió, incrédulo—. ¿Me estás jodiendo?

El doctor no se movió. Sonrió apenas, con esa sonrisa de quien cree estar siendo paciente.

—No es castigo, Marcelo. Es cuidado.

Es cuidado. Otra frase hecha. Otra forma de envolver la violencia con papel de regalo.

—Yo no soy peligroso —dijo Marcelo, sintiendo que la sangre le subía a la cara.😖
—No dijimos eso. Pero estás… reactivo. Y eso, a veces… —hizo una pausa—, se te va de las manos.

Marcelo apretó los dientes.

—¿Y vos qué sabés de mi vida?
—Sé lo que necesito saber para ayudarte —dijo el doctor, con suavidad ensayada—. Y ahora necesito que confíes.

Confiar. Entregarse. Dejar que otro decida por vos. Dejar que tu dolor sea una carpeta.


Ver también: Ser padre (postizo) a los 24 (¿A QUIÉN SE LE OCURRE?)


Marcelo había salido del consultorio con un papel en la mano y una sensación en el cuerpo: derrota.

Una derrota limpia, legal, firmada.

Mientras caminaba por el pasillo, escuchó una discusión en la recepción.

—No, señora, no podemos atenderla sin autorización.
—¡Pero mi hijo está peor! ¡Ustedes no entienden nada!
—Señora, por favor, no arme escándalo.

No arme escándalo. Como si el dolor tuviera que ser discreto para ser válido.

Y entonces, en el umbral, Marcelo lo vio: el doctor, que había salido detrás de él, se detuvo un segundo en la mesada de recepción. Hizo un gesto rápido, casi invisible. Se tocó la nariz. Parpadeó distinto. Miró alrededor como quien cuida un secreto.

No hizo falta más. Marcelo entendió de golpe una verdad obscena: el mismo sistema que te interna por “descontrol” vive de sus propios des controles, solo que mejor maquillados. Los cuerdos también tienen rituales. Solo que los hacen con traje.

– GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLL!!!! (GRITAN, DESGAÑITADOS)

Volvió al presente con un golpe de realidad: la calle explotaba, y él se sentía apagado.

De pronto, un grito más cercano. No el grito de festejo: uno de bronca. Un choque de voces. El sonido seco de algo cayendo.

Se asomó por la ventana.

Abajo, en la esquina, un grupo discutía. Dos pibes empujándose. Un tercero metiéndose. Una chica gritándoles que paren. La multitud, esa gran bestia, olfateó el conflicto y se acercó, excitada.

—¡Eh, eh! ¡Pará, boludo! —gritó alguien.
—¡Me empujaste a propósito! —respondió otro.
—¿A propósito? ¡Si no entrás en la vereda, animal!
—¡¿Animal yo?! ¡Vení, vení!

El loco sintió algo que por fin se parecía a una emoción. No era alegría. Era una claridad brutal: la euforia es frágil. La fiesta siempre tiene su costado de pelea. La locura también es eso: un permiso que se desborda.

Los pibes se fueron encima. Un manotazo. Un golpe torpe. Un vaso que voló y se hizo añicos. La gente alrededor reaccionó como siempre: unos separaban, otros filmaban.

—¡Dale, cagón! —se escuchó.
—¡Te mato! ¡Te mato! —el tipo lo decía como frase hecha, sin intención real, pero con la cara roja y la vena del cuello inflada.

Empastillado. La abuela y el loquero.

Marcelo vio la escena como si fuera una obra. Una obra mal actuada, repetida, vieja. El país entero sabía pelear en público. Sabía gritar. Sabía exagerar. Sabía ser loco por un rato.

De repente, un hombre mayor se metió entre ellos. Un tipo con la camiseta en la mano, transpirado, la mirada dura.

—¡Cortenla! ¡Cortenla, pelotudos! —les gritó—. ¡Hoy no! ¡Hoy no se pelea!

Uno de los pibes se zafó y lo empujó.

—¿Quién sos vos?
—Soy argentino como vos, pedazo de gil —respondió el hombre—. Y te digo que hoy no.

El pibe lo miró, respirando fuerte, como un toro. Marcelo vio ese segundo donde todo podía irse al carajo. Ese segundo donde alguien se equivoca de golpe, donde alguien cae mal, donde el festejo se vuelve tragedia.

Y ahí pasó: otro tipo, desde atrás, le pegó al pibe un puñetazo en la oreja. No fue un golpe heroico. Fue un golpe de cobarde. El pibe cayó de rodillas, aturdido, y la multitud hizo “uuuuh” como si estuviera en una cancha.

Marcelo sintió un escalofrío.

La locura de los cuerdos no tiene diagnóstico.
La locura del loco, sí.

En el edificio, una puerta se abrió de golpe. Alguien subía la escalera corriendo. Un vecino gritaba por el intercomunicador:

—¡Che, llamen a la cana! ¡Se están cagando a trompadas!

Marcelo se quedó quieto. El cuerpo, raro, como si por fin estuviera recibiendo señal. Se dio cuenta de que estaba respirando rápido.

De pronto, escuchó un golpe en su puerta.

—¡Marcelo! —era la vecina—. ¿Estás bien? ¿Escuchaste?
—Sí, escuché —dijo él.

La vecina bajó la voz, como si las paredes fueran policías.

—No salgas, eh. Vos sabés… con tu tema…
—¿Con mi tema? —Marcelo sintió que algo le quemaba el pecho.
—Tu tema, tu… —hizo un gesto circular con la mano, buscando la palabra que no ofenda pero ofende igual—. Lo tuyo.

Marcelo abrió la puerta apenas. La miró fijo.

—¿Sabés qué es “lo mío”?
—No te enojes…
—No, decímelo —insistió—. ¿Qué es lo mío? ¿Que yo no festejo? ¿Que yo no lloro? ¿Que yo no me subo a un farol?

La vecina tragó saliva.

—No, Marcelo. Yo digo… que vos a veces… te vas.

Poesía: ME HICISTE LA VIDA

Te vas. Como si fuera un capricho. Como si se tomara vacaciones del mundo.

Marcelo apoyó la mano en el marco de la puerta. Sintió que estaba al borde de algo: un grito. Un llanto. Una ruptura. No sabía qué.

—Yo no me voy —dijo—. Me apagan. Me apagaron :'(

La vecina lo miró raro, como si no entendiera. Y ahí Marcelo se dio cuenta de una cosa simple: la gente no sabe qué hacer con el dolor ajeno si no entra en categorías conocidas. Si es raro, si es silencioso, si no es útil.

—Bueno… —dijo ella—. Pero cuidate. Y no grites, que después llaman a… ya sabés.

Manifiesto ANTI-SILENCIO — Sergio Herchcovichz & Co.

Ya sabés: al portero. A la policía. A la ambulancia. Al sistema.

Marcelo cerró la puerta despacio. Se apoyó contra la pared.

En el living, la tele mostraba imágenes de festejos: gente abrazándose, llorando, cantando.

Un periodista con los ojos brillantes decía frases que sonaban antiguas y nuevas a la vez:

—Esto es histórico.
—No se puede explicar.
—La gente está loca de felicidad.

Marcelo se sentó. Miró la pantalla como se mira un planeta desde lejos.

Y entonces, por primera vez en semanas, algo se quebró.

No fue un llanto pleno. Fue una humedad en los ojos. Un temblor pequeño. La emoción intentando pasar por una puerta angosta.

Se llevó la mano a la cara.

—Dale… —se dijo—. Dale.

Afuera cantaban: “Muchachos…”
Adentro, él susurró, casi sin voz:

—Yo también soy muchacho.

Se rió un poco. La risa se mezcló con un sollozo que no terminaba de salir. La química seguía ahí, como una tapa. Pero había una grieta. Una grieta es algo.

Las pastillas que no te dejan llorar.

En la madrugada, el ruido bajó. La ciudad se fue apagando por cansancio. Quedaron grupos dispersos, botellas en el piso, sirenas lejanas, y ese olor a humo y cerveza que se te mete en la ropa.

Loco, te quedaste despierto. Escuchaste tu propia cabeza en el silencio parcial, escuchá. No eran voces. Eras Vos. Nosotros. Pero llevabámos meses sin escucharnos sin filtros.

Pensó en el doctor. En sus frases de manual. En su “puente”. En su sonrisa profesional. En el gesto rápido que Marcelo había visto de reojo, esa cosa escondida que el sistema no registra.

Pensó en la internación, en los pasillos, en los horarios, en la gente medicada caminando lento.

En el enfermero que decía “tranquilo, campeón” con una mano firme en el hombro, como si la calma se pudiera imponer con contacto.

Pensó en lo más cruel: que no era un villano. Nadie era villano. Era más aburrido y peor: era un engranaje. Todos repitiendo frases para no sentir el peso real de lo que hacen.

Y se preguntó, con una lucidez rara:

¿Quién decide qué es estar bien?

¿El que grita en la calle y rompe un semáforo por amor a una camiseta?

¿O el que grita solo porque adentro se le incendió la vida?

A la mañana siguiente, cuando el sol entró, abrí la ventana. El aire olía a resaca. La ciudad estaba sucia, cansada, pero satisfecha. Como después de una fiesta que te deja vacío y, aun así, decís “valió la pena”.

En la vereda, un barrendero empujaba hojas y botellas con una parsimonia filosófica. Un pibe dormía en un umbral. Dos policías tomaban mate.

Miré todo eso y pensé:

La locura no es lo que hacemos. La locura es la explicación que elegimos para no mirar lo que somos.

Agarró el blíster. Miró las pastillas. Podía tomarlas o no. No era un acto heroico: era una decisión minúscula en una vida enorme.

Se sirvió agua. Se quedó quieto un rato.

Afuera, una señora le dijo a otra en la puerta del kiosco:

—Y bueno, viste cómo es… están todos locos.

Marcelo sonrió, por fin con algo de calor.

—Sí —dijo en voz baja, como respondiendo a nadie—. Están todos locos.

Y por primera vez, no sonó como insulto. Sonó como diagnóstico social. Como poesía seca. Como verdad.

Porque la cordura, aprendió, es a veces una actuación bien paga.

Y la locura…
a veces es simplemente no poder actuar más.


22 de Marzo 13:31

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