LA GENTE QUE TE ETIQUETA

Qué te hacés el influencer

– tu mamá dixit.

Y no, no me refiero a esos que usan las apps y dicen: “hey, acá está tal”.


– Con esta, te enamoraste, je.

Bienvenidos los recuerdos online, las fotos compartidas, el etiquetado como registro: una forma de verificación uno a uno, casi notarial.

Me refiero a otra cosa.

A algo mucho más invasivo y bastante más soberbio.

Me refiero a la gente que te pone etiquetas como si fueran verdades, como si describieran tu esencia, como si con dos intercambios ya supieran quién sos, cómo funcionás, de qué estás hecho y hasta dónde llegás.

Esa gente que te dice “vos sos así” con una tranquilidad que da miedo.

Que no pregunta, que no duda, que no espera.

Te define. Te clausura.

Te guarda en una cajita mental para no tener que volver a pensar en vos.

Y lo peor no es que se equivoquen.

Lo peor es que creen que no pueden equivocarse.


La urgencia de definir al otro

Etiquetar es un acto de apuro. No de inteligencia. De apuro. Es la prisa por cerrar una imagen antes de que se vuelva incómoda. Porque no saber quién es el otro genera ruido interno. Genera ansiedad. Genera inseguridad. Entonces aparece la etiqueta como calmante: una palabra, una categoría, un tipo. Listo. Orden restablecido.

La etiqueta no nace del conocimiento sino del miedo a la ambigüedad.

Del terror moderno a decir “no sé todavía”.

Hoy parece que no saber es un defecto, una falla de carácter. Entonces muchos prefieren una conclusión falsa antes que una pregunta abierta.

Así se confunde un gesto con un carácter, una reacción con una identidad, un momento con una biografía.

Se toma una escena aislada y se la convierte en definición permanente.


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Como si las personas fueran frases cortas y no novelas llenas de capítulos malos, contradicciones y giros inesperados.

Pero etiquetar no es solo simplificar: es jerarquizar. El que etiqueta se ubica en una posición cómoda, elevada.

Observa, interpreta, nombra.

El otro queda reducido a lo nombrado. Es un gesto de poder suave, casi invisible, pero poder al fin. Yo sé quién sos. Vos sos eso que yo digo.

Por eso muchas etiquetas vienen envueltas en tono amable, incluso cómplice. “Te lo digo bien”“es una observación”“yo soy muy intuitivo”. La intuición como coartada para no hacerse cargo de la superficialidad. La rapidez disfrazada de profundidad.

Y así se pierde lo más interesante de cualquier vínculo: el proceso.

La lentitud.

La sorpresa de descubrir que alguien no encaja del todo en ninguna idea previa.


El momento en que marcás el límite

Hay una escena que se repite. Alguien te etiqueta. Vos, con más o menos calma, decís algo simple: “pará, no me definas”“no me conocés todavía”“eso no me representa”.

Y entonces pasa lo increíble: se ofenden.

De pronto sos exagerado, sensible, defensivo. El problema no es la etiqueta, sino tu reacción a ella. Como si tu identidad fuera un territorio de libre acceso. Como si marcar un límite fuera un ataque personal.

Ahí se revela algo clave: la etiqueta no era un comentario inocente. Era una apropiación. Algo que el otro sentía que podía hacer con vos. Cuando no lo aceptás, cuando no jugás el juego, se quiebra una fantasía de control. Y eso molesta.


“SOLTALA; SUPERALA”


Este mecanismo es todavía más perverso cuando la etiqueta es “positiva”/PASIVOAGRESIVA.

Sos fuerteVos siempre podésSos así de auténtico. Suenan bien, pero también fijan.

También exigen. También te quitan el derecho a caerte, a dudar, a cambiar de etapa. La jaula dorada sigue siendo jaula.

SACRIFICIO: un lento suicidio ❤️‍🩹

Y entonces aparece la doble trampa: si aceptás la etiqueta, quedás reducido; si la rechazás, sos conflictivo. No hay salida elegante dentro de ese marco.

Por eso la única salida real es no negociar el derecho básico a no ser definido por otro.


Personas, no rótulos

Conocer a alguien de verdad es un acto profundamente antieconómico en esta época.

Lleva tiempo. Requiere atención.

Exige tolerar la incomodidad de no entender del todo.

Implica aceptar que el otro puede cambiar, incluso de manera que contradiga todo lo que pensabas.

Las personas no son sistemas cerrados. Son procesos. Estados en movimiento. Respuestas a contextos, heridas, aprendizajes, vínculos. Pretender fijarlas es negar su condición humana.

La etiqueta mata la curiosidad. Una vez que alguien “ya te entendió”, deja de escucharte. Todo lo que digas será leído para confirmar lo que cree. Si coincidís, refuerza la etiqueta. Si no, sos la excepción que confirma la regla o alguien que “se está haciendo”.

Por eso etiquetar empobrece los vínculos.

Los vuelve predecibles, chicos, sin aire.

Y por eso la gente que más etiqueta suele ser la que menos se deja conocer. La que necesita tener todo bajo control. La que no soporta el desorden vivo del otro.

Reclamar el derecho a no ser etiquetado no es soberbia. Es higiene mental.

Es decir: dejame ser más grande que tu idea sobre mí. Dejame ser contradictorio. Dejame sorprenderte o decepcionarte. Dejame existir sin que me encierres en una palabra.

🐽 LOS HUEVOS POCHÉ TIENE PAPÁ, mamushka zoiliana.

Y si alguien no puede tolerar eso, si necesita definirte rápido, si se ofende cuando no aceptás su rótulo,

no es una tragedia. Es información. Te está mostrando hasta dónde llega su capacidad de vínculo. No más lejos.

Conocer es abrir. Etiquetar es cerrar.
Y no todo el mundo está dispuesto a abrirse.


2025: “A VOS NO TE TENGO QUE DAR EXPLICACIONES”

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