Estoy sentado frente a Eclipse, pero no estoy ahí. Estoy en otra habitación, en otro cuerpo, en otra vida que no empezó.
La pantalla no es mía: es un escritorio remoto de Windows. Todo llega con delay. El mouse se siente prestado. El teclado no responde como debería.
Cada clic tiene una fricción invisible, como si el sistema supiera que yo no pertenezco.
Java compila.
El código “funciona”.
El ticket avanza.
Y yo me apago un poco más.
Nunca lo quise del todo.
No fue una decisión: fue un encogimiento de hombros.
“Te queremos ya”.
“Bueno”.
Y ese “bueno” fue el verdadero contrato.
No entré por deseo. Entré por inercia.
No por curiosidad, sino por miedo a no tener nada mejor a mano.
Lo más perverso no es el lenguaje, ni Eclipse, ni Windows. Es esa sensación constante de estar usando la cabeza para algo que no te devuelve nada vivo. Pensar sin ganas. Resolver sin hambre. Cumplir sin sentido.
A veces me pregunto si podría aprender a disfrutarlo.
La respuesta es incómoda, pero clara: sí… al costo de anestesiarme.
Podría volverme eficiente, prolijo, correcto.
Podría acostumbrarme al ruido del ventilador y al gris de la interfaz.
Podría hacerlo “mi trabajo”.
Pero cada vez que lo intento, algo interno se resiste.
No grita. No discute.
Simplemente se retira.
La curiosidad nunca me llevó ahí.
Me llevó a escribir, a tocar, a pensar sistemas raros, a preguntar “¿y si…?”.
Este trabajo no me mata por exceso: me mata por ausencia.
Y entonces aparece la culpa:
“¿Cómo vas a renunciar a algo estable?”
“¿Y si no hay otra cosa?”
“¿Y si sos un ingrato?”
Pero hay una verdad que no se negocia:
cuando traicionás tu instinto lo suficiente, dejás de confiar en él.
Y cuando dejás de confiar en él, cualquier cosa te parece igual.
Moraleja
No todo lo que paga es trabajo.
Algunas cosas son sedantes bien remunerados.
El instinto no es un capricho: es un sistema de detección temprana.
No te dice qué hacer.
Te dice qué no es.
La curiosidad no mata al gato.
Lo que lo mata es quedarse quieto en un lugar donde nunca quiso estar, convenciéndose de que “no está tan mal”.
Renunciar no siempre es huir.
A veces es volver.
