Los ESPEJOS de la VIDA (Falsas dicotomías – sobre el autoconocimiento)

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Vivimos creyendo que nos conocemos.

Repetimos frases como si fueran verdades grabadas en piedra: “yo soy así”, “yo no soy eso”, “yo nunca haría tal cosa”.

Nos construimos a partir de oposiciones simples, casi infantiles: fuerte o débil, víctima o victimario, exitoso o fracasado, bueno o malo.

Pero la vida no funciona en binarios. La vida es un sistema de espejos.

Cada persona que aparece en nuestro camino, cada conflicto, cada admiración intensa o cada rechazo visceral, actúa como un espejo.

No refleja al otro: nos refleja a nosotros.

Sin embargo, la mayoría de las veces confundimos el reflejo con la fuente.

Creemos que lo que nos molesta está “allá afuera”, cuando en realidad lo que duele es lo que vibra adentro.

Y lo que admiramos también.

Las falsas dicotomías simplifican el mundo

para que no tengamos que enfrentarlo en su complejidad.

Es más fácil decir “esa persona es tóxica” que preguntarnos por qué elegimos vincularnos con ella.

Es más cómodo declararse “libre” que reconocer los miedos que nos atan.

Es más tranquilizador pensar “yo soy el racional, el otro es el emocional” que aceptar que ambos aspectos conviven dentro nuestro, en tensión permanente.

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El autoconocimiento no es un acto romántico.

No es mirarse al espejo y gustarse.

Es sostener la mirada cuando lo que aparece incomoda.

Porque el espejo no solo devuelve virtudes; también muestra contradicciones, zonas grises, partes que preferiríamos negar.

Y negar no elimina. Solo desplaza.

Las falsas dicotomías también se infiltran en nuestra identidad.

“O soy exitoso económicamente o soy fiel a mi esencia.”

“O soy padre responsable o soy artista libre.”

“O me adapto o soy auténtico.”

Estas construcciones nos obligan a elegir entre fragmentos de nosotros mismos, como si integrar fuera imposible. Pero la integración es justamente el trabajo. La madurez no consiste en elegir un polo y eliminar el otro, sino en aprender a sostener la tensión entre ambos sin romperse.

Los espejos de la vida no aparecen por azar.

Se repiten.

Las mismas dinámicas, con distintos nombres.
Las mismas discusiones, con distintos rostros. Los mismos patrones, disfrazados de casualidad.

Y mientras no reconozcamos que el reflejo es propio, seguiremos culpando al cristal.

El autoconocimiento empieza cuando dejamos de preguntar “¿por qué me pasa esto?” y comenzamos a preguntar “¿qué parte de mí está participando en esto?”.

Esa pregunta desarma las dicotomías.

Ya no hay héroes y villanos absolutos, sino sistemas de interacción. Ya no hay pureza ni corrupción total, sino mecanismos aprendidos, defensas, heridas, deseos.

Mirarse en los espejos de la vida no es para complacerse. Es para entender.

Y entender no es justificarse: es hacerse responsable.

Cuando dejamos de dividir el mundo en opuestos cómodos, aparece algo más incómodo pero más real: la complejidad.

Y en esa complejidad, recién ahí, empieza el verdadero autoconocimiento.


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