LA MAZZALA

“¿Por qué me odiás?”(Invisibilidad Narcisista)

De alguna manera hay señoras y/o madres que convierten todo en una guerra personal (always check DSM-5 before hating)

No se trata de señalar a una persona, sino un comportamiento.

Corría el año 2020; año del nefasto homeschooling featuring COVID-19. El encierro imperdonardi a chicos y chicas demasiado peques como para soportar demasiadas horas en un webcall eran sometidos a esa rutina furiosa de la educación obligatoria.

Como si no hubiésemos evolucionado sin educación.

– Papi, ¿cuándo vamos a la plaza?

– No sé, hija, cuando nos permita el Alberto presidente.

El más chico cumplía 9 ese año y estaba yendo a uno de los colegios al que había asistido mamá (de pequeña); uno de esos católicos ¿privados? que aquí se les dice subvensionados. Las bolsas de gatos que creamos.

Ese colegio, lo eligió ella. Post-divorciado había decidido no discutir por nada, ni poner un pero; ya lo había intentado casado y no había habido caso.

Durante todo 2020; ella, “trabajadora independiente” (tenía un taller de cursos donde le robaba sonrisas a la gente) descansó en mí y en mi ingreso para subsistir y sobrevivir. ¿Cuántos meses fue mantenida?Que digo meses, ¿por cuántos años subsitió y tuvo dinero cómodo y seguro, mes a mes con un cumplimiento del 100% con monedas de sobra para hasta comprarse los equipos industriales para su emprendimiento, que quebró? Años de señoras mantenidas a costa del trabajo del hombre.

Cuantas señoras improductivas han vivido de arriba, a costa de sus maridos, pero eso sí que se han producido, eh.

En 2020 hacía 3 años nos habíamos divorciado y yo sabía: si cumplía con “los sobres de guita” (así como escribías: “¿Cuándo me traés el sobre con la guita? Ya estamos a 3 del mes”. Ahí voy, mi amor, lareconchaputadetumadre).

Cómo conocí la Educación Waldorf

La versión neerlandesa de Waldorf se llama Vrijeschool, literalmente “escuela libre”. No significa “sin reglas”, sino cierta libertad pedagógica respecto de la enseñanza convencional: mucha importancia al ritmo evolutivo, las artes, el trabajo manual, los relatos y la continuidad del docente.

Quizás todavía no se dio cuenta de que le propuse volvernos de Rotterdam porque no aguantaba más su maltrato doméstico internacional. No es fácil ser expat y nos habíamos mudado con un trabajo internacional de alto nivel que había conseguido después de arduas entrevistas, gracias a mi puesto gerencial. Holanda (egh, just a joke, gezellig lands nether) nos recibía con los brazos abiertos, al bebé, al hijo del otro padre (el maltratador), a la madre-mujer-niña; con una excelente excepción de impuestos, yo era un HIGHLY SKILLED MIGRANT: https://ind.nl/en/residence-permits/work/highly-skilled-migrant y la oportunidad económica y de calidad de vida era increíble.

Oportunidad económica y de vida. Para una familia.

Pero eso fue en 2015.

¿En qué momento se negó a la familia?

La Negación al Acuerdo Educativo

Copaternar significa algo bastante elemental: aceptar que el hijo no es propiedad de ninguno de los dos. Que las decisiones importantes —educación, salud, tratamientos, mudanzas, actividades, límites— no deberían tomarse como decretos presidenciales emitidos desde la cocina de una de las partes.

Hay madres y padres que se pasan esto por el orto. No consultan: informan. No conversan: notifican. No buscan acuerdos: comunican decisiones ya tomadas y esperan obediencia.

Después llaman “conflicto” a la palabra del otro, como si el problema no fuera la imposición sino la insolencia de quien se atreve a cuestionarla.

mazza.com.ar

Hay madres que pretenden establecer una relación de poder unilateral en la que una parte se atribuye el cargo de progenitor principal y reduce a la otra a proveedor, visitante o ejecutor de órdenes. “Yo elijo el colegio; vos pagás.” “Yo decido el tratamiento; vos firmás.” “Yo determino qué necesita nuestro hijo; vos no compliques.” El hijo es de ambos, pero la autoridad parece tener una sola escritura.

Cuando esta dinámica es sistemática, no estamos simplemente ante “dos padres que piensan distinto”.

El desacuerdo puede suceder; el borramiento del otro no.

Excluir deliberadamente, ocultar información, impedir toda conversación o utilizar al niño para imponer una decisión puede convertirse en una forma de violencia psicológica y de control. No hace falta gritar ni pegar para violentar: también se violenta anulando persistentemente la palabra del otro y castigándolo cada vez que intenta ejercer su lugar.

Copaternar no exige pensar igual ni quererse. Buscar un punto de acuerdo no es una gentileza concedida al otro progenitor: es respetar un derecho y cumplir una responsabilidad.

Cuando uno de los dos toma todas las decisiones, oculta información o vuelve imposible la participación del otro, no vulnera solamente al adulto excluido.

También vulnera al hijo.

Porque eliminar a un progenitor de las decisiones importantes es arrancarle al niño una parte de su representación familiar, de su historia y de las personas que deberían proteger sus intereses.

Un niño no es mitad de su madre y mitad de su padre como si fuera una propiedad repartida en acciones. Tiene identidad y voz propias. Pero esa voz se forma entre vínculos, experiencias y miradas. Cuando, en medio de un conflicto adulto, una parte anula deliberadamente a la otra, el niño pierde una fuente de cuidado, una perspectiva sobre su vida y alguien que también debería poder hablar en su defensa.

En Argentina, borrar a un padre puede resultar alarmantemente fácil. Alcanza una denuncia para que se dicten medidas extremas —prohibición de contacto, restricción de acercamiento, interrupción del vínculo— antes de que los hechos hayan sido probados. Se entiende la urgencia: si existe un peligro verdadero, la Justicia debe actuar antes de que sea tarde. El problema comienza cuando actúa rápido para separar y después tarda meses en investigar, escuchar, revisar y reparar.

Salvo que exista una razón fundada para proteger al niño, excluir unilateralmente a uno de sus progenitores puede significar una victoria de una tiranía (Abajo el matriarcado (cuando el “amor materno” se convierte en ABUSO de PODER)


Una medida cautelar no es una condena: busca prevenir un riesgo mientras se averigua qué ocurrió. Pero cuando no se investigan los hechos ni se revisan sus efectos con urgencia, lo provisorio se convierte materialmente en castigo. El expediente espera; la infancia no.

Así puede desaparecer un padre presente y querido: no porque se haya demostrado que perjudica a su hijo, sino porque una maquinaria capaz de interrumpir el vínculo en horas puede tardar meses o años en reconstruirlo.

Proteger frente a un peligro real es indispensable; separar injustificadamente a un niño de uno de sus padres también produce un daño que puede ser irreparable.

No se está silenciando únicamente al padre o a la madre. Se está empobreciendo la red afectiva del hijo. Se le quita una pregunta posible, una defensa posible, otra memoria de los hechos. Se le quita a una de las personas que podrían escuchar su voz y sostenerla cuando los adultos, las escuelas o las instituciones no quieran hacerlo.

El derecho a copaternar no existe para satisfacer el ego de dos adultos. Existe porque el hijo merece que ninguna de las partes pueda apropiarse por completo de su vida.

El punto de acuerdo no es una gentileza concedida al otro progenitor. Es parte del cuidado del hijo.

Porque cuando dos adultos convierten una decisión educativa en una guerra personal, quien termina cursando todas las materias del conflicto es el niño.

había hecho homeschooling con una maestra Waldorf y

Salíamos de la reunión en la escuela — la maestra, la psicopedagoga, el papá y la mamá— y mientras escribo esto me parece que pasó hace dos años, aunque lo siento como si fuera hoy.

Íbamos los dos, diciendo cosas, discutiendo como siempre: en el medio, nuestro hijo, que es lo único que verdaderamente importa aquí.

El niño, ese pequeño testigo que no pidió ser árbitro ni juez, pero que igual absorbe cada silencio, cada tono, cada gesto.

Ver también: EL PRECIO DEL EGO

Hubo tiempo en que fui “el mejor” —el mejor papá, el mejor hombre— y después vinieron los maltratos verbales que, con los años, se fueron haciendo más sutiles y más largos.

Hijo: “TU PAPÁ ESTÁ LOCO”

Cuando uno vive eso, las palabras se vuelven cuchillos; cuando se discute y la otra persona impone su versión sin escuchar, las conversaciones se desvían para recuperar “la pelota”, el control, el poder. Y eso cansa. Mucho.

Hay rasgos que no sé cómo nombrar mejor y prefiero no etiquetar a nadie; sí sé que hay conductas que duelen, que manipulan, que confunden. Y aun así —y esto es lo raro y lo honesto— me sigue sobrando empatía. Porque al final del día está mi hijo, y más allá de cualquier herida, el amor por él no se negocia.

Eya me miró con lágrimas (muy teatrales, pensé), y me preguntó: “Marce, ¿por qué me odiás?”

Le dije: “No te odio.” Y la pregunta volvió, y volvió, y volvió, como si repetirla fuera una garantía de verdad.

¿Qué quiere que yo responda a eso? ¿Que la realidad es una lista de agravios? Podría enumerar A, B, C, D… Pero la respuesta real es más simple: no la odio, no siento odio activo, siento cansancio, siento dolor, y sobre todo siento una necesidad enorme de que todos —ella, yo, la familia— miremos dónde ponemos al niño en medio de este fuego cruzado.

Mi familia es grande, compleja, con abuelos que a veces actúan como chicos, con tíos y hermanas que tienen sus propias heridas. Hay mucha histeria y mucha victimización por todos lados. Si suena duro, lo es: a veces parece que soy el responsable de todo, como si mi persona fuera el comodín de sus historias. Y sí, a veces me dan ganas de mandarlo todo al carajo. Pero ese no es el plan.

Como me dijo mi psicólogo Marcelo: debe buscarse los puntos de acuerdo. Esa frase me sigue. Me parece que podemos convertir bronca en chiste y juicio en aprendizaje. Me gustaría que esto fuera humor, humor artístico que invite a la reflexión, que deje a los padres pelotudos (o despistados, o autorreferenciales) con ganas de mirar lo verdaderamente importante: el niño.

Así que, en vez de incendiar, propongo encender algo distinto: la risa que cuestiona, la ironía que acerca, la autocrítica que cura. Se puede decir lo que uno siente sin convertirlo en guerra. Se puede poner límites sin destruir. Se puede pedir ayuda, componer un chiste y, de paso, acordar una forma de cuidarlo entre todos.

Cierro con esto: si usted es padre o madre y se reconoce en algo de lo que escribo, quizá la próxima vez que haya un choque con la otra parte, pruebe a buscar un punto de acuerdo. Hable en clave de humor si puede; pida ayuda si hace falta; recuerde que los niños no son campos de batalla sino mapas de ternura.

Con amor eterno por mi pibe, y con ganas de que la familia entera encuentre, por fin, un poco de paz (y una buena anécdota para contar con risa).


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