Durante mucho tiempo pensé que el problema era que no sabía explicarme.
Que si encontraba las palabras correctas, alguien iba a entender.
Después entendí que el problema no era el lenguaje.
Era el sujeto.
Ella.
La conocí cuando todavía tenía reflejos. Cuando podía enojarme y no sentir culpa. Cuando si algo me dolía lo decía sin pedir permiso. Me gustó su seguridad. Su manera de hablar sin dudar. Esa forma suya de mirar como si supiera algo que los demás no.
—A mí no me gustan los tibios —me dijo la primera noche—. O estás o no estás.
Yo creí que hablaba de amor.
Hablaba de poder.
Al principio todo era intensidad. Si discutíamos, discutíamos fuerte. Pero yo pensaba: mejor esto que el silencio. Pensaba que pelear era una forma de vínculo. No entendía todavía que yo peleaba y ella dirigía.
La primera vez que me sentí raro fue una noche cualquiera. Estábamos en la cocina. Yo había llegado cansado del trabajo. Dije algo mínimo. Una pavada.
—¿Por qué hablás así? —me preguntó.
—¿Así cómo?
—Con ese tono.
—No tengo ningún tono.
Me miró fijo. No enojada. Atenta. Como si estuviera tomando nota.
—Siempre hacés lo mismo —dijo—. Decís algo agresivo y después lo negás.
Ahí empezó la sensación. Esa cosa viscosa. No sabía defenderme porque no sabía de qué me estaba defendiendo. Pedí perdón. No porque entendiera, sino porque quería que terminara.
Terminó.
Eso fue peor.
Con el tiempo, ella empezó a explicarme cómo era yo.
—Vos sos así —me decía—. No te das cuenta, pero sos pasivo-agresivo.
—¿Yo?
—Sí. Yo ya te conozco.
Era raro escuchar mi carácter narrado por alguien más. Pero lo decía con tanta seguridad que empecé a dudar. Tal vez tenía razón. Tal vez yo era eso y no lo sabía.
Cuando intentaba discutirle algo, la conversación se estiraba horas. Yo terminaba agotado, confundido. Ella, impecable. Nunca levantaba la voz (en su relato, porque sí que me gritaba). Nunca perdía la compostura (en su relato, porque sí que era inestable).
Si yo me alteraba un mínimo, al toque lo señalaba.
—¿Ves? Esto es lo que digo. No sabés manejar tus emociones. Sos un forro.
Después, se iba a dormir.
Yo me quedaba sentado en el sillón, mirando la pared, con la sensación de haber hecho algo horrible sin saber qué.
En público era otra persona.
Encantadora. Divertida. Sensible.
—Qué suerte que tenés —me decían—. Es una mujer increíble.
Si alguna vez insinuaba que no estaba bien, me miraban raro.
—¿Pero qué te hace?
—No sé… cosas.
—¿Cosas cómo?
Nunca supe responder. ¿Cómo explicás que alguien te va borrando de a poco? ¿Cómo decís que tu vida se volvió un campo minado emocional sin que parezca exageración?
Ella, en cambio, sabía explicar perfecto.
—Él es muy sensible —les decía—. Todo le afecta. Yo trato de ayudarlo, pero es difícil.
Y asentían. Siempre asentían.
Las reglas cambiaban todo el tiempo.
Algo que ayer estaba bien hoy era una traición.
Una noche salí con amigos. Volví tarde. Nada extraordinario.
—Me abandonaste —me dijo.
—Salí unas horas.
—Sí, pero sabías que yo estaba mal.
—No me dijiste nada.
—No tengo que decirte todo. Si me conocieras…
Ahí entendí que siempre iba a fallar. Porque las reglas no estaban afuera. Estaban en su cabeza. Y se movían.
Empecé a avisar todo. A pedir permiso. A cancelar planes. No porque me lo exigiera explícitamente, sino porque el costo después era demasiado alto.
El silencio.
La retirada.
La mirada que atravesaba.
Una vez me enfermé fuerte. Fiebre alta. Estaba tirado en la cama.
—No exageres —me dijo—. A mí me pasó peor y no hice tanto drama.
Se fue. Volvió de noche. Me trajo una sopa fría.
—Hice lo que pude.
Yo le agradecí.
Eso también fue terrible.
Las explosiones venían por cualquier cosa. Una palabra. Un gesto. Una expresión.
—¿Por qué me mirás así?
—¿Así cómo?
—Como con desprecio.
No sabía qué cara tenía que poner. Empecé a ensayar expresiones frente al espejo. En serio. Sonreír un poco más. Relajar la frente. No fruncir el ceño.
Nada alcanzaba.
Cuando se enojaba, decía cosas exactas. No insultos burdos. Frases quirúrgicas.
—Nadie más te bancaría esto.
—Si no fuera por mí, estarías solo.
—Yo soy la única que te entiende.
Después, como si nada, me abrazaba.
—No quiero pelear —decía—. Sos vos el que siempre lleva todo al extremo.
Intenté hablar con alguien. Un amigo. Me escuchó en silencio.
—Pero… ¿te pega? —me preguntó.
—No.
—¿Te grita?
—No siempre.
—Entonces no sé, boludo. Capaz estás medio quemado.
Ahí entendí algo: si sos hombre, tenés que traer pruebas físicas. Sangre. Gritos. Algo visible. Si no, sos débil. O exagerado. O confundido.
Ella lo sabía.
—Nadie te va a creer —me dijo una vez—. Mirate.
Lo dijo sin maldad aparente. Como quien constata un hecho.
Las promesas aparecieron después.
—Voy a cambiar.
—Estoy trabajando en mí.
—Ahora entendí.
Yo quería creer. Necesitaba creer. Porque aceptar la verdad era admitir que había perdido 15 años.
Pero nada cambiaba. Solo se volvía más sutil. Más sofisticado.
La crítica constante.
La corrección permanente.
La ironía disfrazada de humor.
La victimización de la victimaria; la prisión más perfecta que inventó.
—Ay, qué susceptible que estás —se reía—. No se puede decir nada con vos.
Un día intenté poner un límite. Uno solo.
—No me hables así —le dije.
Me miró como si hubiera dicho algo imperdonable.
—¿Así cómo?
—Descalificándome todo el tiempo.
—Eso es tu interpretación.
Silencio.
Tres días no me habló. Vivíamos juntos. Pasábamos uno al lado del otro como fantasmas. Yo empecé a pedir perdón al segundo día. Al tercero ya no sabía por qué.
Cuando volvió a hablarme, fue para decir:
—Espero que hayas reflexionado.
Yo asentí.
Empecé a perder memoria. No literal. Memoria emocional. No sabía qué había pasado realmente y qué había imaginado. Dudaba de escenas enteras.
—Eso nunca pasó —me decía—. Estás inventando.
Y yo pensaba: capaz sí.
Eso fue lo más grave. No el dolor. La pérdida de confianza en mí mismo.
Cuando finalmente me fui, nadie entendió.
—¿Cómo la vas a dejar?
—Con todo lo que hizo por vos.
—Es una mina re fuerte.
Yo no sabía cómo explicar que esa fortaleza me había aplastado.
Me fui sin escándalo. Sin denuncia. Sin gritos. Con una valija y una sensación de fracaso total.
Durante meses pensé que había exagerado. Que había sido injusto. Que el problema era mío.
Hasta que el cuerpo empezó a aflojar.
Dormí.
Respiré.
Pensé sin miedo.
Y ahí, recién ahí, pude ver la forma completa del daño.
Hoy, cuando hablo, sigo viendo esa duda en los ojos de los demás.
No encajo en el relato.
Soy hombre.
Estoy entero.
No tengo marcas visibles.
Pero sé lo que viví.
Y escribo esto no para convencer, sino para dejar constancia.
Porque hay mujeres que maltratan.
Porque hay hombres a los que no les creen.
Porque el abuso no siempre grita.
A veces explica, corrige, sonríe.
Y cuando te das cuenta, ya no sabés quién sos.
Eso fue lo que hizo.
Durante 16 años.
¿y te parece gracioso decir: “No me quiero abusar”?
Not funny. Not funny anymore.
