Cuando veo los chocolates con sus envoltorios brillantes y de colores; tantas variantes en el negocio todos juntos. No puedo parar de mirarlos. De desearlos, más bien. ¿De dónde vienen las ganas de comprarse todo?
Querer comprar algo es una mezcla de deseo, recompensa, seguridad, anticipación y miedo a perder la oportunidad. Querer es placentero. Cuando ves los chocolates todos juntos, el cerebro no espera necesariamente a que los comas para empezar la fiesta. La anticipación de una recompensa ya moviliza los circuitos dopaminérgicos. La dopamina está muy relacionada con aprendizaje, motivación y búsqueda de recompensas, no simplemente con “placer”. El objeto promete una experiencia antes de que ocurra.
Por eso mirar quince variedades puede ser más excitante que tener finalmente una sola en la mano.
Además la abundancia visible multiplica posibilidades. La góndola es, entre otras cosas, una máquina de futuros posibles.
Elegí 2 Coflers LECHE. El paquete es como un sachet hermético; sé por experiencias previas que está sellado con algún tipo de pegamento.
Apenas el paquete se abre puedo sentir el olor; y la puta madre,
¿cómo hacés durar algo que te gusta tanto consumir?
Si te gusta consumirlo, consumirlo lo destruye. El chocolate que disfrutás es precisamente el chocolate que deja de existir. Comerlo es convertir una reserva de placer futuro en placer presente. Cada rectangulito que disfrutás reduce la cantidad de rectangulitos que todavía podés disfrutar.
Además este formato de chocolate se parece un poco a una plancha de ravioles. La tableta es un rectángulo largo y fino, dividido a su vez en pequeños rectángulos unidos entre sí. Entre uno y otro hay un surco donde el chocolate se afina y ofrece menos resistencia.
Esas líneas funcionan como puntos de corte: basta tomar la tableta con ambas manos y hacer un poco de presión para que se parta justo por ahí. Este chocolate en particular exhibe un patrón de 3 x 5. Cinco filas largas con tres rectangulitos de chocolate cada una.
Hace click.
El propio objeto ya viene diseñado para indicarte por dónde romperlo.
El click al partirlo es una experiencia en sí misma. Puedo partir los rectángulos de varias maneras. Podría disfrutar el chocolate solo partiéndolo en pedacitos. Voy a hacer eso con el próximo.
Si lo quiero guardar puedo doblar el paquete sobre sí mismo y meterlo casi en cualquier lado, parece una billetera.
Me pregunto cuánto dura un chocolate, supongo que bastante; y me acuerdo Dante Leonardo de cuando hacíamos el chiste:
– Mirá si entramos en guerra y este es nuestro último chocolate. Tenemos que hacerlo durar. Podemos comerlo de a mordisquitos pero
¿cómo saber de a cuánto comer si no sabés si ese será tu último chocolate? ¿Cuándo podremos conseguir más chocolate?
La realidad de la administración de la escasez bajo incertidumbre.
¿Cómo decidís cuánto consumir hoy cuando desconocés cuándo vas a poder reponerlo?
Si sabés que mañana hay otro chocolate, podés comerte éste entero. Si sabés que no habrá otro durante un mes, cada rectangulito adquiere otro valor.
Pero si no sabés cuándo habrá otro, no existe una cantidad evidentemente correcta.
Y hay una paradoja preciosa:
La incertidumbre puede hacerte guardar el chocolate porque podría ser el último, o comértelo porque podría ser el último.
“Tengo que hacerlo durar.”
versus
“Ya fue, disfrutémoslo ahora.”
Son conductas opuestas nacidas del mismo miedo: que mañana no haya.
¿Cuándo podremos conseguir más chocolate? No lo sabemos. Solo sabemos que a este de los 15 rectangulitos que tenía; le quedan 5 porque me comí mientras escribía los otros 10.
(edita un rato, revisa el texto, se comen los 5 cuadraditos que quedaban)
No aguanté el hambre. No estamos en guerra; pero parte del mundo sí.
(entonces lo estamos)
Queda un chocolate. ¿Cuánto durará?